Alas de sangre (Empíreo 1)
Alas de sangre (Empíreo 1) La sangre de Violet hervía, pero su cuerpo permanecía inmóvil, congelado entre la furia y el miedo. Hablar significaba exponerse, y su madre siempre había sido capaz de aplastar cualquier chispa de rebeldía con una sola mirada. Sin embargo, no pudo evitar murmurar:
—No quiero hacer esto.
La general se giró hacia ella, sus ojos como dos tormentas frías.
—Eso no importa, Violet. Lo harás. Porque si no lo haces, no solo te habrás fallado a ti misma, sino también a tu padre. Él nunca quiso una hija que se escondiera detrás de un escritorio.
El nombre de su padre cayó sobre Violet como un golpe, un recordatorio de alguien que ya no estaba allí para defenderla. Cerró los puños, las uñas clavándose en sus palmas. Quería gritar, correr, hacer cualquier cosa menos aceptar el destino que le imponían. Pero las palabras de su madre eran como cadenas, amarrándola al suelo.
Cuando finalmente salió de la oficina, el eco de la conversación seguía retumbando en su cabeza. Mira la alcanzó en el pasillo, sus pasos resonando contra la piedra.
—Esto no es justo, Violet —dijo con un susurro apremiante, tomando sus manos—. No tienes que demostrarle nada a ella. No a mamá. No a nadie.