Jane Eyre
Jane Eyre Junto al salón había un pequeño comedor que se usaba solo a la hora del desayuno y que contenía una librería. Me deslicé en su interior y no tardé en coger uno de los libros de la estantería, no sin antes comprobar que estuviera lleno de ilustraciones. Fui hasta la ventana, me senté en el alféizar con las piernas dobladas bajo el cuerpo, como un turco, y corrí las cortinas de forma que ocultaran mi presencia y protegieran mi refugio de la curiosidad ajena.
Los pliegues de tela escarlata me impedían ver nada por la derecha; a la izquierda tenía los cristales de la ventana, que no conseguían aislarme por completo del terrible día de noviembre. De vez en cuando, mientras pasaba las páginas del libro, contemplaba el paisaje en esa tarde invernal: a lo lejos distinguía la pálida mezcla de nubes y niebla; más cerca aparecía una escena formada por hierba húmeda, arbustos azotados por el viento y una lluvia incesante que lo asolaba todo.