Jane Eyre
Jane Eyre En esos momentos, los mencionados Eliza, John y Georgiana se hallaban en el salón, sentados alrededor de su madre. Esta se había tumbado en el sofá, al lado de la chimenea, y su aspecto al contemplar a sus retoños (que por una vez no lloraban ni andaban a la greña) era la viva estampa de la felicidad. En cuanto a mí, no me había autorizado a unirme al grupo: dijo que «lamentaba verse obligada a mantenerme a distancia; sin embargo, hasta que tanto Bessie como ella misma no observaran que hacía esfuerzos por mejorar de conducta y lograba que mis maneras ganaran en dulzura, suavidad y espontaneidad, quedaría excluida de los privilegios reservados a los niños alegres y agradecidos».
—¿Qué he hecho, según Bessie? —pregunté.
—Jane, las niñas preguntonas y quisquillosas no son de mi agrado; además, es de muy mala educación que un niño se dirija a los mayores en ese tono. Siéntate en cualquier sitio y permanece en silencio hasta que seas capaz de hablar con cortesía.