La ofrenda del diablo

A. Rolcest

Al terminar el baile, Kev propuso salir a la terraza. Muy cerca tenían el puerto, convertido en un estallido de lucecitas.Eida Raybel accedió. Su vestido le perfilaba la figura, de sobrias líneas. Su boca suave, de labios llenos, sonrió al tiempo que sus ojos grandes, castaño claros, quedaron fijos en su acompañante.?Pero tendrá que hablarme de la selva, capitán Burgan??¡Desde luego, Eida! ?rió el hombre.La cabellera de la joven se volcaba sobre los hombros desnudos, en suaves ondas, y refulgía tanto como sus ojos. Su acompañante, Kev Burgan, quedó medio paso rezagado, para poder apreciar el andar felino de la bella.
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