La fugitiva
La fugitiva «¡La señorita Albertine se ha marchado!». ¡Cuánto más lejos psicológicamente llega el sufrimiento que la propia psicología! Un instante antes, mientras me analizaba, había yo creído que aquella separación sin volver a vernos era precisamente lo que deseaba y, al comparar la mediocridad de los placeres que me brindaba Albertine con la riqueza de los deseos que me privaba de realizar, me había creído sutil y había concluido que no quería verla más, que había dejado de amarla, pero aquellas palabras —«La señorita Albertine se ha marchado»— acababan de provocar a mi corazón tal sufrimiento, que tenía la sensación de no poder resistirlo más. Así, lo que había yo creído que no era nada para mí, era, sencillamente, mi vida entera. ¡Qué poco nos conocemos! Tenía que hacer cesar de inmediato mi sufrimiento; con ternura para conmigo mismo, como mi madre para con mi abuela agonizante, y con esa misma buena voluntad con la que nos negamos a dejar sufrir a quienes amamos, yo me decía: «Ten un segundo de paciencia, te encontraremos un remedio, estáte tranquilo, no te dejaremos sufrir así». A esa clase de ideas recurrió mi instinto de conservación para poner los primeros calmantes en mi herida abierta: «Nada de eso tiene la menor importancia, porque voy a hacerla regresar en seguida. Voy a ver cómo, pero, de todos modos, esta noche estará aquí. Por consiguiente, no vale la pena que me preocupe». «Nada de eso tiene la menor importancia»: no me había yo contentado con decírmelo, había intentado dar esa impresión a Françoise, al no dejar translucir mi sufrimiento delante de ella, porque, incluso en el momento en que lo sentía con tamaña intensidad, no olvidaba que debía hacer parecer feliz, correspondido, mi amor sobre todo ante Françoise, quien, como no apreciaba a Albertine, siempre había dudado de su sinceridad. Sí, hacía un rato, antes de la llegada de Françoise, yo había creído que había dejado de amar a Albertine, había creído que no dejaba nada de lado; había creído conocer, como analista riguroso, el fondo de mi corazón, pero, por grande que sea nuestra inteligencia, no puede columbrar los elementos que lo componen y que siguen resultando insospechados, mientras un fenómeno apto para aislarlos no les haya hecho experimentar un comienzo de solidificación desde el estado volátil en el que se mantienen la mayor parte del tiempo. Me había equivocado al creer que veía claro en mi corazón, pero ese conocimiento, que no me habían brindado las percepciones más finas de la inteligencia, acababa de aportármelo —duro, patente, extraño, como una sal cristalizada— la brusca reacción del dolor. Estaba tan acostumbrado a tener a Albertine a mi lado y de repente veía una nueva faceta de la costumbre. Hasta entonces la había considerado sobre todo un poder aniquilador que suprime la originalidad y hasta la conciencia de las percepciones; ahora la veía como una divinidad temible, tan arraigada en nosotros, con su insignificante rostro tan incrustado en nuestro corazón, que, si se desprende, si se aparta de nosotros, esa deidad que apenas distinguíamos nos inflige sufrimientos más terribles que ninguna otra y entonces resulta tan cruel como la muerte.