El verano
El verano París es con frecuencia un desierto para el corazón, pero a ciertas horas, desde lo alto del Pére-Lachaise, sopla un viento de revolución que, de repente, llena de banderas y grandezas vencidas ese desierto. Lo mismo ocurre en algunas ciudades españolas, en Florencia, o en Praga. Salzburgo sería apacible sin Mozart. Pero, de tarde en tarde, corre por encima del Salzach el imponente grito orgulloso de Don Juan hundiéndose en los infiernos. Viena parece más silenciosa. Es una muchachita entre las ciudades. Las piedras no tienen allí más de tres siglos y su juventud ignora la melancolía. Pero Viena está en una encrucijada de la historia. Resuenan en torno a ella choques de imperios. Ciertas tardes en las que el cielo se cubre de sangre, los caballos de piedra que hay encima de los monumentos del Ring parecen echar a volar. En ese instante fugitivo en el que todo habla de poderío y de historia, se puede escuchar con claridad la ruidosa caída del reino otomano ante el empuje de los escuadrones polacos. Eso tampoco permite un silencio suficiente.