El verano
El verano Ya no quedan desiertos. Ya no quedan islas. Y, sin embargo, se siente su deseo. Para comprender el mundo, a veces es necesario apartarse de él; para servir mejor a los hombres, mantenerlos a distancia un momento. Pero ¿dónde encontrar la soledad que necesita la fuerza, la larga respiración en la que el espÃritu se recoge y se mide el valor? Quedan las grandes ciudades. Sólo que se necesitan todavÃa condiciones.
Las ciudades que Europa nos ofrece están demasiado llenas de rumores del pasado. Un oÃdo atento puede percibir ruidos de alas, una palpitación de almas. Se respira en ellas el vértigo de los siglos, de las revoluciones, de la gloria. Uno se acuerda de que Occidente se ha forjado entre clamores. Y eso no permite el suficiente silencio.