Anillos para una dama
Anillos para una dama Pero Jimena ya no está segura de querer seguir velando. En silencio, una posibilidad empieza a germinar: la de romper el papel que le ha sido asignado por la Historia. Por primera vez, se insinúa la presencia de Álvar Háñez, Minaya, el hombre que siempre estuvo cerca pero nunca fue suyo. Con su sola mención, el aire se vuelve más denso, más peligroso.
Así comienza el verdadero conflicto. No entre cristianos y moros, sino entre la voluntad de una mujer y los ecos de un héroe muerto que no dejan de dictar su vida. Jimena empieza a intuir que el verdadero campo de batalla está en su interior. Y que tal vez el mayor enemigo no sea el pasado… sino lo que aún no se atreve a desear.
La puerta se cierra, y con ella, el mundo. Jimena está sola con Minaya. No hay trono, ni corte, ni iglesia. Solo dos cuerpos que se han buscado durante años sin tocarse. Minaya, soldado fiel al Cid, es el símbolo de lo prohibido y lo posible. Jimena da el primer paso, rompiendo el cerco de siglos:
—Te amo, Álvar. Lo he sabido desde antes de conocer a Rodrigo. Solo que entonces no tenía voz para decirlo.