Anillos para una dama
Anillos para una dama Tras la ceremonia, la escena se traslada a sus aposentos en el alcázar. La habitación, impregnada de incienso y melancolía, es su único refugio. Jimena conversa con Constanza, su fiel dama, quien representa la voz de la juventud aún no doblegada. Hablan de cosas triviales, pero cada palabra encierra una tensión profunda, como si el aire mismo esperara estallar.
—¿Alguna vez amaste, Constanza? —pregunta Jimena, y la pregunta flota como un presagio.
Valencia, aunque en manos cristianas, es un territorio de sombras. Los rumores sobre los almorávides crecen, pero más feroz que cualquier ejército es la guerra que Jimena libra dentro de sí. El peso del legado del Cid la aplasta. Ella no fue más que un apéndice de su gloria, un símbolo de virtud y constancia. Pero ahora que él ha muerto, ¿qué le queda? ¿Ser la viuda eterna del mito?
La aparición de María, su hija, introduce un nuevo nudo al conflicto. María admira la figura heroica de su padre y exige de su madre una pureza impoluta. No comprende el deseo que se agita bajo la superficie, ni la necesidad de rehacer una vida marcada por la obediencia.
—Padre no ha muerto del todo —afirma María— mientras tú sigas velando por su recuerdo.