Una pelirroja para el desayuno

Keith Luger

Raymond Duc, agente del Deuxiéme Bureau, tomó los binoculares y miró por entre una de las rendijas de la persiana, apuntando hacia la terraza que estaba vigilando. Ya estaba allí Maximilien Lautman y, como siempre, ante una mesa bien servida para el desayuno. Raymond consultó su reloj. Eran las ocho de la mañana. Maximilien era un hombre puntual. ¿También lo sería hoy la pelirroja?
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