Veinticuatro horas en la vida de una mujer
Veinticuatro horas en la vida de una mujer Luego, ocurrió algo tan terrible que apenas puede describirse, pues la naturaleza humana, en momentos de violenta tensión, presta a menudo a los individuos actitudes de una expresión tan sumamente trágica, que ni la imagen ni la palabra sabrían reproducirlas con suficiente intensidad. De pronto, el grueso y pesado comerciante descendió los crujientes peldaños de la escalera con aire completamente fatigado, pero al mismo tiempo colérico. En la mano llevaba una carta.
—¡Llame al servicio! —dijo al mayordomo con voz todavía inteligible—. ¡Mande que se retire! ¡No hace ninguna falta! ¡Mi mujer me ha abandonado!