El Archipiélago en llamas
El Archipiélago en llamas El combate entre la flotilla y la corbeta había durado más de dos horas y media. Del lado de los asaltantes había que contar al menos ciento cincuenta hombres muertos o heridos, y casi otros tantos en la tripulación de la Syphanta, compuesta inicialmente de doscientos cincuenta. Estas cifras indican con qué encarnizamiento se había luchado, tanto por una parte como por la otra. La victoria no había sido para el bando al que en justicia correspondía. Henry d’Albaret, sus oficiales, sus marineros y sus pasajeros estaban ahora en manos del despiadado Sacratif.
Sacratif o Starkos, pues, en efecto, eran el mismo hombre. Hasta entonces, nadie había sabido que, bajo aquel nombre, se escondía un griego, un hijo de la Maina, un traidor, ganado para la causa de los opresores. ¡Sí! ¡Era Nicolás Starkos quien mandaba aquella flotilla, cuyos espantosos desmanes habían sembrado el terror en aquellos mares! ¡Era él quien unía al infame oficio de pirata un comercio más infame aún! ¡Era él quien vendía, a los bárbaros y los infieles, a los compatriotas que habían escapado de las matanzas de los turcos! ¡Él, Sacratif! ¡Y ese nombre de guerra, o más bien ese nombre de piratería, era el nombre del hijo de Andrónika Starkos!