El Archipiélago en llamas

El Archipiélago en llamas

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Capítulo II

Diez minutos más tarde, una ligera embarcación, un gig[7], abandonaba la sacoleva y depositaba al pie del muelle, sin ningún compañero y sin arma alguna, a aquel hombre ante el cual los vitylianos acababan de batirse en retirada con tanta presteza.

Era el capitán de la Karysta. Así se llamaba el pequeño buque que acababa de fondear en el puerto.

Hombre de estatura mediana, mostraba, bajo la tupida gorra de marino, una frente ancha y orgullosa. Tenía unos ojos duros, de mirada fija. Sobre el labio, lucía bigotes de klefta[8], dispuestos horizontalmente y rematados en un grueso mechón, no en punta. Era ancho de pecho y de miembros vigorosos. Los cabellos negros le caían en bucles sobre los hombros. Si pasaba de los treinta y cinco años, debía de ser apenas por unos meses. Pero su tez curtida por las brisas, la dureza de su fisonomía y el pliegue de su frente, como un surco en el cual ninguna cosa honesta podía germinar, lo hacían parecer mucho más viejo de lo que era.

Por lo que se refiere al atuendo que llevaba en aquel momento, nada tenía que ver con la chaqueta, la almilla y las enagüillas del palikare[9]. El caftán, con capucha de color pardo bordada de discretas trencillas, el pantalón verdoso con anchos pliegues, que se perdía dentro de unas botas de caña alta, recordaban más bien la vestimenta de un marino de las costas berberiscas.


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