El Archipiélago en llamas
El Archipiélago en llamas Al día siguiente, hacia las diez de la mañana, Nicolás Starkos desembarcaba en el muelle y se dirigía hacia la casa de banca. No era la primera vez que se presentaba en el despacho y siempre había sido recibido como un cliente cuyos asuntos no hay que desdeñar.
Sin embargo, Elizundo lo conocía. Debía de saber muchas cosas acerca de su vida. Ni siquiera ignoraba que fuese el hijo de aquella patriota, de la cual había hablado un día a Henry d’Albaret. Pero nadie sabía ni podía saber lo que era el capitán de la Karysta.
Era evidente que se esperaba a Nicolás Starkos, ya que fue recibido en cuanto se presentó. En efecto, la carta, fechada en Arcadia, que había llegado cuarenta y ocho horas antes era suya. Por lo tanto, fue inmediatamente conducido al despacho donde se encontraba el banquero, quien tomó la precaución de cerrar la puerta con llave. Elizundo y su cliente estaban ahora solos frente a frente. Nadie vendría a molestarlos. Nadie oiría lo que iba a ser dicho en aquella conversación.
—Buenos días, Elizundo —dijo el capitán de la Karysta, dejándose caer sobre un sillón con la familiaridad de un hombre que estuviese en su propia casa—. ¡Pronto hará seis meses que no os había visto, aunque hayáis tenido a menudo noticias mías! Por eso, no he querido pasar tan cerca de Corfú sin detenerme, para tener el placer de estrecharos la mano.