Cujo
Cujo Donna decide llevar el coche al taller de Joe Camber. El Pinto tiene una falla que no puede ignorar, y Cujo siempre fue amable con Tad. Pero ya no hay Joe. Y Cujo no es más un perro.
La carretera hacia la granja es tranquila, calurosa, engañosamente normal. Tad, en el asiento trasero, canta sin saber que cada kilómetro los acerca al borde.
Una vez frente a la casa, Donna se da cuenta de que algo anda mal. Nadie responde. El coche se apaga. El capó humea. Y entonces Cujo aparece. No corre. No ladra. Solo los observa desde la sombra del granero. Su silueta es un aviso. Una sentencia.
El infierno aún no comienza. Pero el cerrojo ha caído.
El Pinto está muerto. Donna intenta girar la llave, una, dos, tres veces. El motor tose, pero no responde. Afuera, Cujo se sienta en la entrada del granero, observando. Su cuerpo tiembla por la fiebre, la saliva espesa cuelga de sus fauces, los ojos arden con un brillo enfermizo. Pero no se mueve. Espera.
Tad, en el asiento trasero, empieza a llorar.
—¿Por qué no bajamos, mamá?
—Solo un minuto más, cariño. Solo... quiero ver algo.