Rojo y blanco

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CAPÍTULO LXV

Cuando Luciano vio a la señora Grandet entrar en su despacho, se apoderó de él un intenso malhumor.

«¡Vaya, esta mujer no puede dejarme en paz! ¡Sin duda me toma por uno de sus criados! Debió comprender, por lo que le decía en mi billete, que no deseaba verla».

La señora Grandet se sentó en un sillón con todo el orgullo de una persona que desde hace seis años gasta en París ciento veinte mil francos anuales. Aquel eco del sonido del dinero impresionó a Luciano y desapareció de él todo sentimiento de simpatía.

«Voy a tener que entendérmelas —se dijo— con una tendera que reclama lo que se le debe. Tendré que hablar claro y alto para que me comprenda».

La señora Grandet seguía silenciosa en su sillón, y Luciano, inmóvil, en una actitud más burocrática que galante, con sus manos apoyadas en los brazos de su sillón y las piernas completamente extendidas. Su aspecto era el de un comerciante que está haciendo un mal negocio; ni una sombra de sentimientos generosos, sino por el contrario, la apariencia de todas las formas de sentir ásperas, estrictamente justas, acremente egoístas.

Al cabo de un minuto, el joven secretario sintió casi vergüenza de sí mismo.


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