La fugitiva

La fugitiva

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«Todo eso nada significa», me dije yo, «es mejor incluso de lo que pensaba, pues, como no dice nada de eso en serio, lo ha escrito, evidentemente, tan sólo para asestar un gran golpe, para meterme miedo, para que no vuelva a estar insoportable con ella. Hay que procurar con la mayor urgencia que Albertine haya vuelto esta noche. Resulta triste pensar que los Bontemps son personas indecentes que se valen de su sobrina para sacarme dinero, pero ¿qué importa? Aunque, para que Albertine esté aquí esta noche, haya de dar la mitad de mi fortuna a la Sra. Bontemps, nos quedará bastante a Albertine y a mí para vivir agradablemente». Y, al mismo tiempo, calculaba si tendría tiempo de ir aquella mañana a encargar el yate y el Rolls-Royce que ella deseaba, sin pensar ya siquiera —pues habían desaparecido todas mis vacilaciones— en que me había parecido poco sensato regalárselos. «Aunque la adhesión de la Sra. Bontemps no baste, si Albertine no quiere obedecer a su tía y pone como condición de su regreso la de disfrutar en adelante de plena independencia, pues bien, por mucha pena que me cause, se la concederé; saldrá sola, cuando guste; hemos de saber aceptar sacrificios, por dolorosos que sean, por lo que más apreciamos y que para mí —pese a lo que creía esta mañana, conforme a mis exactos y absurdos razonamientos— es que Albertine viva aquí». Por lo demás, ¿puedo decir que permitirle esa libertad me habría resultado totalmente doloroso? Mentiría. Con frecuencia había tenido ya la sensación de que el sufrimiento de dejarla libre para portarse mal lejos de mí tal vez fuera menor aún que la clase de tristeza que a veces sentía al notar que se aburría conmigo, en mi casa. Seguramente en el preciso momento en que me pidiera permiso para irse a alguna parte, dejarle hacerlo, pensando en que habría orgías organizadas, me habría resultado atroz, pero la idea de decirle: «Toma nuestro barco o el tren, márchate un mes a tal país, que yo no conozco y donde no sabré nada de lo que hagas», me había gustado con frecuencia, porque, en comparación, lejos de mí me preferiría y se alegraría al regresar. «Por lo demás, ella misma lo desea, seguro; en modo alguno exige esa libertad, a la que, por lo demás, lograría obtener con facilidad —al ofrecerle todos los días placeres nuevos— alguna limitación día tras día. No, lo que Albertine quería era que yo dejara de estar insoportable con ella y sobre todo que me decidiese —como en tiempos Odette con Swann— a casarme con ella. Una vez casados, dejará de interesarle su independencia; nos quedaremos los dos aquí, ¡tan felices!». Seguramente era renunciar a Venecia, pero ¡qué pálidas, indiferentes, muertas, se vuelven las ciudades más deseadas, como Venecia —y con mayor razón las señoras de su casa, como la duquesa de Guermantes, y las distracciones, como el teatro—, cuando estamos ligados a otro corazón por un vínculo tan doloroso, que nos impide alejarnos de él! Por lo demás, Albertine tiene toda la razón respecto del matrimonio. A mamá misma todos aquellos retrasos le parecían ridículos. Casarme con ella es lo que debería haber hecho desde hace mucho, es lo que habré de hacer, eso es lo que la ha movido a escribir esa carta, ninguna de cuyas palabras está dicha en serio; para lograrlo, ha renunciado durante unas horas a lo que tanto —como yo— debe de desear hacer: volver aquí. Sí, eso es lo que quería, ése era su propósito, me decía mi entendimiento compasivo, pero yo tenía la sensación de que, al decírmelo, mi inteligencia seguía abrigando la misma hipótesis que había adoptado desde el principio. Ahora bien, yo advertía perfectamente que la otra hipótesis era la que no había dejado nunca de verificarse. Seguramente esa segunda hipótesis nunca habría sido lo bastante audaz para formular expresamente la posibilidad de que Albertine estuviera vinculada con la Srta. Vinteuil y su amiga y, sin embargo, cuando me había visto sumergido por la invasión de aquella terrible noticia, en el momento en que entrábamos en la estación de Incarville, había sido la que había resultado verificada. Ésta nunca había entrañado la posibilidad de que Albertine me abandonara por sí sola, de aquel modo, sin avisarme y sin darme tiempo para impedírselo, pero, aun así, si, después del nuevo e inmenso salto que la vida acababa de hacerme dar, la realidad que se me imponía me resultaba tan nueva como aquella ante la cual nos colocan el descubrimiento de un físico, las investigaciones de un juez de instrucción o los hallazgos de un historiador sobre los intríngulis de un crimen o revolución, dicha realidad superaba las poco consistentes previsiones de mi segunda hipótesis, pero, aun así, las cumplía. Ésta no era la de la inteligencia y el pánico que yo había sentido la noche en que Albertine no me había besado, la noche en que había yo oído el ruido de la ventana, no era consecuencia de un razonamiento, pero la de que la inteligencia no es el instrumento más sutil, más potente, más apropiado para aprehender la verdad —y más adelante la veremos corroborada, como muchos episodios han podido indicarlo ya— es simplemente una razón más para comenzar por la inteligencia y no por un intuitivismo del inconsciente, por una fe inconmovible en los presentimientos. La vida es la que —poco a poco, caso por caso— nos permite advertir que lo más importante para nuestro corazón o para nuestro juicio no lo descubrimos mediante el razonamiento, sino mediante otras facultades y entonces es la propia inteligencia la que, al darse cuenta de su superioridad, abdica mediante el razonamiento ante ellas y acepta volverse su colaboradora y su sierva. Es la fe experimental. Me parecía haber conocido ya la desgracia imprevista ante la que me encontraba (como la amistad de Albertine con las dos lesbianas) por haberla leído en tantos signos en los que —pese a las afirmaciones contrarias de mi razón, que se basaban en las afirmaciones de la propia Albertine— había notado el cansancio, el horror, que ella sentía al vivir así, como una esclava, ¡signos trazados como con tinta invisible —al contrario de las tristes y sometidas pupilas de Albertine— en sus mejillas bruscamente encendidas con un rubor inexplicable, en el ruido de la ventana, bruscamente abierta! Seguramente no me había yo atrevido a interpretarlos hasta sus últimas consecuencias y concebir expresamente la idea de su súbita marcha. Sólo había pensado, con un alma equilibrada por la presencia de Albertine, en una marcha dispuesta por mí en una fecha indeterminada, es decir, situada en un tiempo inexistente; así, pues, había tenido sólo la ilusión de pensar en una marcha, como cuando la gente se imagina que no teme la muerte, cuando piensa en ella estando con buena salud y, en realidad, no hace otra cosa que introducir una idea puramente negativa en una buena salud que la proximidad de la muerte alteraría precisamente. Por lo demás, aunque se me hubiera ocurrido mil veces y con la mayor claridad y nitidez del mundo la idea de la marcha de Albertine deseada por ella misma, no habría sospechado mejor lo que sería para mí —es decir, en realidad— aquella marcha, algo original, atroz, desconocido, un dolor enteramente nuevo. Podría haber pensado en dicha marcha, si la hubiera previsto, sin cesar, durante años, sin que esos pensamientos, puestos unos junto a otros, hubiesen tenido la menor relación no sólo de intensidad, sino también de semejanza, con el inimaginable infierno cuyo velo me había alzado Françoise al decirme: «La señorita Albertine se ha marchado». Para figurarse una situación desconocida, la imaginación toma elementos conocidos y, por esa razón, no lo logra, pero la sensibilidad, incluso la más física, recibe —como la estela del rayo— la firma original y durante mucho tiempo indeleble del acontecimiento nuevo. Y yo apenas me atrevía a decirme que, si hubiera previsto aquella marcha, tal vez habría sido incapaz de imaginármela en su horror, ¡y —aun anunciándomela Albertine y yo amenazándola, suplicándole— de impedirla! ¡Qué lejano me resultaba ahora el deseo de Venecia! Como en tiempos, en Combray, el de conocer a la Sra. de Guermantes, cuando llegaba la hora en que ya sólo me interesaba una cosa: que mi madre viniese a mi habitación. Y todas las inquietudes sentidas desde mi infancia eran las que, a la llamada de la nueva angustia, habían acudido, efectivamente, a reforzarla, a amalgamarse con ella en una masa homogénea que me asfixiaba.


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