Narracion de Arthur Gordon Pym

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Al mirarlo, y a pesar de su fingida nonchalance, percibí inmediatamente que era presa de una extrema agitación. A la luz de la luna pude distinguir claramente su rostro: estaba más pálido que el mármol y le temblaba de tal modo la mano que apenas podía sujetar el gobernalle. Me di cuenta de que algo andaba mal y me alarmé seriamente. En aquel entonces sabía yo muy poco de gobernar un bote y dependía completamente de la habilidad náutica de mi amigo. El viento, además, arreciaba con más fuerza y se nos hacía cada vez más difícil mantenemos al socaire. Pero me avergonzaba manifestar la menor vacilación y durante casi media hora permanecí obstinadamente callado. Al final, sin embargo, no pude más y pregunté a Augustus si no sería conveniente poner proa a tierra. Como antes, tardó más de un minuto en contestarme o en dar señales de haberme oído.

—Más tarde… —dijo por fin—. Hay tiempo de sobra… Más tarde volveremos.

Había yo esperado una respuesta parecida, pero algo en el tono de su voz me llenó de indescriptible espanto. Volví a mirarlo atentamente. Tenía lívidos los labios y le entrechocaban a tal punto las rodillas que apenas podía sostenerse en pie.

—¡Por amor de Dios, Augustus! —clamé, aterrado hasta lo más hondo—. ¿Qué te pasa…, qué ocurre? ¿Qué vas a hacer?


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