Nuestro corazon
Nuestro corazon André Mariolle, que rondaba los treinta y siete años, era soltero, sin profesión conocida, lo bastante rico para vivir a su antojo, viajar e, incluso, para permitirse una colección muy apreciable de cuadros modernos y de cachivaches antiguos. Tenía fama de hombre ingenioso, un tanto fantasioso, un tanto huraño, un tanto caprichoso, un tanto desdeñoso, que se las daba de solitario más por altanería que por timidez. Con muchas dotes, muy sutil aunque indolente, capaz de comprenderlo todo y, quizá, de hacer bien muchas cosas, se había contentado con disfrutar de la existencia como espectador o, más bien, como aficionado. Si hubiera sido pobre, no cabe duda de que habría llegado a ser un hombre notable o famoso; al haber nacido con saneadas rentas, se reprochaba continuamente no haber sabido llegar a ser alguien. Cierto es que había hecho diversas incursiones, aunque muy poco briosas, por el camino de las artes: una de ellas por el de la literatura, pues había publicado unos agradables relatos de viajes, entretenidos y primorosamente escritos; otra, por el de la música, ya que tocaba el violín y había llegado a adquirir, incluso entre los intérpretes profesionales, una considerable fama de buen aficionado; y otra más, por fin, por el de la escultura, esa arte en que la maña espontánea y las dotes para esbozar figuras atrevidas y engañosas suplen, entre los ignorantes, el saber y el estudio. Su estatuilla de terracota «Masajista tunecino» había tenido incluso cierto éxito en el Salón del año anterior.