Ulises
Ulises EL superior, el muy reverendo John Conmee S. J., volvió a colocar su pulido reloj en un bolsillo interior mientras bajaba los escalones del presbiterio. Tres menos cinco. Justo el tiempo suficiente para ir hasta Artane[1] caminando. ¿Cómo es que se llamaba ese muchacho? Dignam, sÃ. Very dignum et justum est. Debo ver al hermano Swan. La carta del señor Cunningham. SÃ. Obligarlo, si es posible. Buen católico de acción: útil en momentos de misión.
Un marinero unÃpedo, que avanzaba balanceándose a perezosas sacudidas de sus muletas, gruñó algunas notas. Se detuvo con una sacudida delante del convento de las hermanas de caridad y alargó su gorra puntiaguda de limosnero hacia el muy reverendo John Conmee S. J. El padre Conmee lo bendijo al sol porque sabÃa que su cartera no guardaba más que una corona de plata.
El padre Conmee cruzó hacia Mountjoy Square[2]. Pensó, pero no por mucho rato, en soldados y marineros cuyas piernas habÃan sido arrancadas por balas de cañón, terminando sus dÃas en algún asilo de pobres, y en las palabras del cardenal Wolsey[3]: Si hubiera servido a mi Dios como he servido a mi rey Él no me habrÃa abandonado en la vejez. Caminó a la sombra de árboles de hojas parpadeantes de sol y a su encuentro avanzó la esposa del señor David Sheehy, miembro del Parlamento.
—Muy bien, por cierto, padre. ¿Y usted, padre?