Ulises
Ulises IMPONENTE, el rollizo Buck Mulligan apareció en lo alto de la escalera, con una bacÃa desbordante de espuma, sobre la cual traÃa, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana hacÃa flotar con gracia la bata amarilla desprendida. Levantó la bacÃa y entonó:
—Introibo ad altare Dei[1].
Se detuvo, miró de soslayo la oscura escalera de caracol y llamó groseramente:
—Acércate, Kinch[2]. Acércate, jesuita miedoso.
Se adelantó con solemnidad y subió a la plataforma de tiro. Dio media vuelta y bendijo tres veces, gravemente, la torre, el campo circundante y las montañas que despertaban. Luego, advirtiendo a Stephen Dedalus, se inclinó hacia él y trazó rápidas cruces en el aire, murmurando entre dientes y moviendo la cabeza. Stephen Dedalus, malhumorado y con sueño, apoyó sus brazos sobre el último escalón y contempló frÃamente la gorgoteante y agitada cara que lo bendecÃa, de proporciones equinas por lo larga, y la cabellera clara, sin tonsurar, parecida por su tinte y sus vetas al roble pálido.
Buck Mulligan espió un instante por debajo del espejo y luego tapó la bacÃa con toda elegancia.
—¡De vuelta al cuartel! —dijo severamente.
Luego agregó con tono sacerdotal: