Ulises
Ulises MARTIN Cunningham metió el primero su sombrero de copa y su cabeza dentro del crujiente carruaje y, entrando hábilmente, se sentó. Le siguió el señor Power[1], doblando cuidadosamente su alta figura.
—Sube, Simon.
—Después de ti —dijo el señor Bloom.
El señor Dedalus se cubrió rápidamente y entró diciendo:
—SÃ, sÃ.
—¿Estamos todos? —preguntó Martin Cunningham—. Vamos, Bloom.