Ulises
Ulises EL señor Leopold[1] Bloom comía con fruición órganos internos de bestias y aves. Le gustaba la espesa sopa de menudillos, las ricas mollejas que saben a nuez, un corazón relleno asado, lonchas de hígado fritas con corteza de pan, huevas de bacalao bien doradas. Sobre todo le gustaban los riñones de carnero a la parrilla, que dejaban en el paladar un sabor ligeramente perfumado de orina.
Tenía los riñones en la cabeza al moverse lentamente por la cocina, disponiendo las cosas del desayuno de ella sobre la combada bandeja. En la cocina había una luz y un aire destemplados, pero afuera la suave mañana de verano se extendía por todas partes. Le despertaba un poco de apetito.
Los carbones enrojecían.
Otra rebanada de pan con manteca: tres, cuatro: está bien. A ella no le gusta que el plato esté lleno. Está bien. Se apartó de la bandeja, tomó la perola del fogón y la colocó sobre el fuego. Allí quedó, pesada y rechoncha, el pico amenazante. Pronto la taza de té. Bueno. La boca seca. La gata caminaba rígidamente alrededor de una pata de la mesa con la cola levantada.
—¡Mrkrñau!
—¡Oh, estás ahí! —dijo el señor Bloom, volviéndose del fuego.