El loco de Dios en el fin del mundo
El loco de Dios en el fin del mundo El momento llegó sin anuncio. Una sala modesta en el hotel donde se alojaba el Papa. Sin cámaras. Sin testigos. Solo él, su ayudante y yo.
Francisco me miró con curiosidad, como si ya supiera lo que iba a decirle. Yo, en cambio, temblaba. No por miedo, sino por algo más hondo: la certeza de que estaba a punto de romper una barrera que había sostenido toda mi vida.
Me presenté con una broma, como hacen los que no saben cómo empezar. Él rió con suavidad. —Dime, hermano—, dijo con ese acento argentino que parece familiar incluso cuando es la primera vez que lo oyes.
No sabía cómo formular la pregunta. Pero sabía que tenía que hacerla.
—Santo Padre —dije—, mi madre murió hace poco. Ella creía. Yo no. Pero antes de irse, me miró con una angustia que no he podido olvidar. Quería saber si volvería a ver a mi padre. ¿Usted cree que se reencontrarán?
Francisco no respondió enseguida. Se quedó en silencio, con los ojos bajos, como si pesara cada palabra. Luego levantó la mirada.
—Con toda seguridad —dijo.