La Madre

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Capítulo II-XXVIII

Minutos después la madre ya estaba sentada, calentándose junto a la estufa, en la pequeña habitación de Liudmila. La dueña de la casa, enfundada en un vestido negro, ceñido por un cinturón, paseaba tranquilamente de un lado a otro, saturando la atmósfera de la habitación con los frufrús de su vestido y el tono autoritario de su voz.

La madera crujía en la estufa y el fuego aspiraba el aire de la habitación. Las palabras de la mujer sonaban cadenciosas:

—La gente es mucho más tonta que malvada. Sólo ve lo que tienen delante de sus narices, lo que está al alcance de sus manos. Pero lo próximo no vale nada, lo valioso está lejos. Naturalmente, a todo el mundo nos gustaría, nos vendría bien, que la vida fuera diferente, más fácil, y que la gente fuera un poco más racional. Pero para conseguir eso hay que renunciar a la propia tranquilidad…

De pronto se detuvo delante de la madre y dijo con voz calma, como si se disculpara:

—Como veo a tan poca gente, cuando alguien viene a visitarme, no paro de hablar. ¿No le parece ridículo…?


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