La Madre
La Madre La madre se detuvo en el umbral y, haciendo visera con la palma de la mano, miró a su alrededor. La isba era estrecha, pequeña, pero estaba limpia: eso se comprobaba al primer vistazo. Una mujer joven apareció por detrás de la estufa, la saludó en silencio con una inclinación y desapareció de su vista.
En el rincón delantero de la habitación, una lámpara ardía sobre la mesa. El hombre de la casa estaba sentado detrás de la mesa, tamborileando los dedos en el borde de madera y con la mirada clavada en los ojos de la madre.
—¡Adelante, pase usted! —dijo el hombre, tomándose su tiempo—. ¡Tatiana, ve y llama a Piotr! ¡Date prisa!
La mujer salió rápidamente, sin tan siquiera mirar a su huésped. Mientras tomaba asiento en un banco enfrente del hombre, la madre echó un vistazo a su alrededor y no vio su maleta por ningún sitio. Un pesaroso silencio se adueñó de la cabaña, violentado tan sólo por el crepitar de la llama en la lámpara. El rostro sombrío y preocupado del aldeano oscilaba vagamente ante los ojos de la madre, alimentando en ella un triste despecho.
—¿Dónde está mi maleta? —preguntó la madre, tan de improviso y en un tono tan estentóreo, que hasta ella misma se sorprendió.