La Madre
La Madre A la mañana siguiente varias decenas de hombres y mujeres aguardaban de pie a las puertas del hospital a que el ataúd de su amigo saliera la calle. Los policías secretos merodeaban a su alrededor, aguzando el oído para captar palabras sueltas de sus conversaciones o tratando de memorizar los rostros, gestos y tonos de voz de los presentes, mientras que otro grupo de policías, revólver al cinto, les observaban desde el otro lado de la calle. La desfachatez de los espías y las sonrisas burlonas de los policías, siempre dispuestos a hacer ostentación de su fuerza, exasperaban a la multitud. Unos ocultaban su enfado, bromeando entre sí; otros miraban al suelo con aire taciturno, tratando de olvidar su ofensiva presencia, y otros más, incapaces de reprimir su enojo, lanzaban puyas irónicas contra las autoridades, por el temor que mostraban a unos manifestantes cuyas únicas armas eran las palabras. Un cielo otoñal azul pálido se levantaba luminoso sobre la calle, empedrada con cantos grises y redondos y cubierta de hojas amarillentas, caídas de los árboles, que el viento hacía girar para lanzarlas luego a los pies de los allí presentes.
La madre estaba entre la multitud y, observando las caras de los manifestantes, muchas de las cuales le resultaban familiares, pensaba con tristeza: «¡Qué poca gente sois, demasiado poca! Y casi ningún obrero…».