La Madre
La Madre Los obreros advirtieron inmediatamente a la nueva cantinera. Algunos se le acercaban y le preguntaban en tono aprobatorio:
¿Qué, Pelagia, te has puesto a trabajar?
Unos la consolaban, diciendo que pronto liberarían a Pável; otros inquietaban su desconsolado corazón con palabras de condolencia; y otros más imprecaban duramente al director y a los gendarmes, siendo sus denuestos compartidos por ella. Pero también había desalmados que la miraban de mala manera, como el controlador Isaías Gorbov, quien le dijo, mascullando entre dientes:
—¡Si yo fuera el gobernador, mandaría ahorcar a tu hijo! ¡Así no volvería a enloquecer al pueblo con falsas promesas!
Aquella vil maldición le produjo un mortal escalofrío. No contestó a Isaías. Se limitó a mirar fijamente su rostro diminuto, tachonado de pecas, y suspirando, bajó los ojos.
En la fábrica reinaba la agitación. Los obreros se reunían en corros para hablar a media voz entre ellos. Los capataces corrían preocupados de un lado para otro. Tan pronto alguien estallaba en juramentos como, al minuto siguiente, resonaban unas risotadas exasperadas.
Samóilov pasó junto a la madre escoltado por dos policías. Llevaba una mano metida en el bolsillo, mientras se alisaba con la otra sus cabellos rojizos.