Indias blancas
Indias blancas Ese enfrentamiento marcó un punto de quiebre. Mientras Laura se aferraba a su libertad recién encontrada, Nahueltruz luchaba contra sus propios demonios. Pero ambos sabían que el mundo que compartían estaba a punto de volverse mucho más peligroso.
La calma del bosque se rompió con el retumbar de cascos y gritos. Una partida de hombres armados, enviados por el padre de Laura, irrumpió en la aldea mapuche al amanecer. Nahueltruz, junto a sus hombres, intentó resistir, pero la superioridad numérica y la sorpresa los dejaron en desventaja.
Desde la seguridad de la casa principal, Laura escuchó el sonido de los disparos. Sus manos temblaban al tiempo que un frío sudor recorría su espalda. Había intentado razonar con su padre, suplicar incluso, pero él no había cedido. —Es por tu bien, Laura —había dicho él con una frialdad escalofriante—. Esos salvajes no entienden otra cosa que la fuerza.
Pero Laura sabía que esto no se trataba de protegerla, sino de orgullo. El orgullo de un hombre que no aceptaba que su hija pudiera elegir un camino distinto al que él había trazado.