Enquiridion

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Si quieres ser mejor, acepta que te consideren extravagante y tonto respecto de las cosas externas. No pretendas hacer creer que lo sabes todo; y aun si pareces ser alguien importante, desconfía de ti mismo. Porque es difícil mantener la capacidad de vivir conforme a la naturaleza y adquirir cosas externas al mismo tiempo. No se puede hacer lo uno sin desatender a lo otro. Si deseas que tus hijos, tu esposa o tus amigos vivan por siempre, eres un estúpido ya que pretendes controlar cosas que no puedes y deseas cosas que pertenecen a otros. En forma similar, si deseas que tu sirviente no tenga faltas, eres ridículo, porque quisieras que el vicio no sea vicio. Pero si quieres que tus deseos no se vean frustrados, eso depende de ti. Ejercita por lo tanto aquello que está bajo tu control. Tendrá poder sobre los demás quien puede dar lo que otros desean y quitar lo que otros aborrecen. Por lo tanto, quien quiera ser libre, deberá acostumbrarse a no tener deseo ni aversión alguna de todo lo que depende del poder ajeno. De otra manera, será necesariamente un esclavo. Recuerda que en la vida debes comportarte como en un banquete. ¿Te ofrecen algo? Extiende tu mano y toma tu parte con moderación. ¿Ha pasado de largo? No lo detengas. ¿Aún no ha sido ofrecido? No extiendas tu deseo hacia ello; espera que llegue a ti. Haz esto en relación con hijos, esposa, cargos públicos, riquezas, y llegarás a ser un digno participante del banquete de los dioses. Pero si ni siquiera tomas las cosas que otros ponen ante ti y puedes rechazarlas, no sólo serás un participante del banquete de los dioses sino también de su Imperio. Porque precisamente por hacer esto es que Diógenes y Heráclito fueron, con justicia, llamados divinos. Si ves a alguien lamentándose angustiado porque su hijo se ha ido lejos, o ha fallecido, o porque ha sufrido una pérdida en sus propiedades, asegúrate de que las apariencias no te engañen. En lugar de ello, distingue lo observado con tu mente y prepárate a decir: «No es el hecho lo que aflige a esta persona ya que sólo lo aflige a él y no a otro; lo que lo atormenta es la opinión que ha concebido sobre lo que ocurrió». Luego, cuando hables, no te pongas a su nivel y por cierto no te sumes a sus lamentos. Pero tampoco te lamentes en tu interior. Recuerda que eres el actor de un drama y desempeñas el papel que el Autor ha querido conferirte. Será un papel largo si te lo adjudicó así, y será corto si decidió darte un papel breve. Si le place, actuarás de hombre pobre, de tullido, de príncipe o de artesano; y tú asegúrate de representar ese papel con naturalidad. Tu misión es desempeñar bien el papel que te han asignado; el elegir ese papel es función de otro. No te dejes alterar por el graznido[1] desafortunado de algún cuervo. Reflexiona inmediatamente así: «Ninguna de estas cosas me vaticina algo; el vaticinio es para mi mezquino cuerpo, o para mi propiedad, mi reputación, o mis hijos, o mi mujer. Para mí todos los augurios son buenos si yo lo quiero así. Porque pase lo que pase, está en mi poder aprovechar lo que suceda para algo fructífero». Puedes ser invencible con sólo no aceptar un combate cuya victoria no esté bajo tu control. Por consiguiente, si ves a alguien cubierto de honores o poder, o que goza de alta estima, o resulta favorecido de cualquier otro modo, no te dejes llevar por las apariencias y no lo consideres feliz. Porque, si la esencia del bien reside en las cosas que podemos controlar, no hay razón para dar lugar a los celos y a la envidia. Por tu parte, no desees ser general, o senador, o cónsul, sino libre; y la única manera de lograrlo es menospreciando aquello que no controlamos. Recuerda que no insulta aquél que injuria o golpea; lo que insulta es el criterio que establece estas acciones como ofensivas. Por lo tanto, si alguien te provoca, ten presente que es tu propia opinión la que te está provocando. En primer lugar, pues, trata de no dejarte llevar por las apariencias. Porque una vez que hayas ganado tiempo y te has dado un respiro, te controlarás con mayor facilidad. Deja que la muerte, el exilio, y todas las demás cosas que parecen terribles parezcan cotidianas ante tus ojos. Pero especialmente no temas a la muerte y así nunca tendrás un pensamiento innoble ni desearás algo con exageración. Si tienes el firme propósito de comprender la filosofía, prepárate desde el mismo principio a que se rían de ti, a sufrir las burlas de la multitud, a escuchar que digan: «Se nos ha vuelto filósofo de repente», o bien: «¿De dónde sacó esa actitud tan arrogante?». Por tu parte, asegúrate de no adoptar, por cierto, esa actitud arrogante y aférrate con constancia a las cosas que hacen a tu bien, como alguien a quien Dios ha ordenado permanecer en ese puesto. Porque recuerda lo siguiente: si te mantienes constante en tu posición, terminarán admirándote las mismas personas que antes te ridiculizaban; pero si te dejas convencer por los demás, harás el ridículo por partida doble. Si, por complacer a los demás, alguna vez tu atención queda prendada de lo externo, ten la certeza de que has arruinado tu estilo de vida. Confórmate, pues, con ser un filósofo en todo y compórtate como un filósofo si deseas que los demás te consideren como tal; eso será suficiente para ti.

No dejes que te preocupe la idea de vivir en la deshonra y de no ser nadie en parte alguna. Porque, si el no recibir honores fuese un mal, entonces los demás tendrían el poder de hacernos desdichados; y no es así, como que tampoco los demás pueden obligarnos a participar de algo innoble. ¿Es, pues, asunto tuyo obtener poder o ser admitido en un festín? De ninguna manera. Al fin y al cabo, ¿por qué carecer de poder o no ser invitado habría de ser un deshonor? ¿Por qué habría de ser cierto que por ello no eres nadie en ninguna parte? Lo que debes ser es alguien tan sólo en aquellas cosas que están bajo tu propio control y en las que tu decisión es lo que más importa.


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