Enquiridion

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Recuerda que el ceder al deseo implica la posibilidad de obtener lo que quieres conseguir mientras que la aversión quizás te lleve a prescindir de lo que quieres evitar. Y así como es desdichado el que se ve frustrado en lo que desea, así de miserable es quien cae en lo que más quisiera evitar. Por lo tanto, nunca caerás en lo que aborreces si limitas tu aversión a tan sólo aquellas cosas que son contrarias al empleo natural de tus facultades, siendo que estas facultades se encuentran bajo tu control. Pero serás desgraciado si tienes aversión por lo que no depende de ti, como la enfermedad, la muerte o la pobreza. Retira, pues, tu aversión de todas las cosas que están fuera de tu control y transfiere tu rechazo a aquellas que son contrarias a la naturaleza de lo que controlas y depende de ti. Por de pronto, suprime todo deseo intenso; porque si deseas cosas que no dependen de ti, es seguro que te verás frustrado y si deseas las que de ti dependen y que sería laudable tener, advierte que todavía no estás preparado para tenerlas. Por lo cual, si quieres proceder en forma correcta, acércate a ellas de manera que puedas retirarte cuando quieras, y aun ello hazlo con medida y discreción. En cuanto a cualquier objeto que te cause placer, que sea útil o que ames profundamente, comenzando con las cosas más insignificantes, no te olvides de considerar cuál es su naturaleza. Por ejemplo, si aprecias una copa de cerámica en especial, entiende que son las copas de cerámica en general las que aprecias. De este modo, si se te rompe, no te alterarás. Del mismo modo, si besas a tu hijo o a tu mujer, acuérdate que es mortal todo lo que besas y de este modo no te desesperarás si la muerte te lo arrebata. Antes de realizar cualquier acción, ten en claro la clase de acción que estás por realizar. Si has resuelto ir al baño público, represéntate las cosas que generalmente suceden en esos baños: algunas personas salpican con agua, otros se empujan, algunas utilizan un lenguaje impropio y otros roban. Por consiguiente realizarás esta acción de un modo más seguro si te dices: «Iré al baño público, pero mantendré mi mente de acuerdo con el modo natural de vivir que me he propuesto». Procede así en todo lo que emprendas; porque de este modo, si te sucede algún inconveniente durante el baño podrás decir con firmeza: «No he venido tan sólo a bañarme sino también a mantener mi mente en un estado conforme a la naturaleza, y no podría hacerlo si permito que me alteren las cosas que aquí suceden». No son las cosas las que atormenta a los hombres sino los principios y las opiniones que los hombres se forman acerca de ellas. La muerte, por ejemplo, no es terrible; si lo fuera, así le habría parecido a Sócrates. Lo que hace horrible a la muerte es el terror que sentimos por la opinión que de ella nos hemos formado. En consecuencia, si nos hallamos impedidos, turbados o apenados, nunca culpemos de ello a los demás sino a nuestras propias opiniones. Un ignorante le echará la culpa a los demás por su propia miseria. Alguien que empieza a ser instruido se echará la culpa a sí mismo. Alguien perfectamente instruido ni se reprochará a sí mismo, ni tampoco a los demás. No te pavonees con alguna excelencia que no te es propia. Si un caballo pudiese decir «soy hermoso», eso sería tolerable. Pero si tú eres orgulloso y dices «tengo un caballo hermoso» ten presente que, de hecho, estás vanagloriándote tan sólo de una cualidad que es del caballo. ¿Qué es, pues, lo tuyo? Solamente tu reacción ante la apariencia de las cosas. Por ello, si consideras las cosas conforme a su naturaleza y te comportas de acuerdo con ello, entonces podrás estar orgulloso con razón; porque te dará orgullo un bien que realmente te pertenece. Imagínate que, estando embarcado, el barco echa anclas y tú desembarcas. Si vas a la playa a buscar agua, podrías entretenerte por el camino juntando almejas o setas. Pero tus pensamientos y tu atención deberían estar puestos en el barco, esperando la llamada del capitán; porque ante esa llamada deberías dejar inmediatamente lo que te entretiene, no sea cosa que te vengan a buscar y te arrojen a bordo atado de pies y manos como un cordero. En la vida sucede lo mismo. Si te es dada una esposa o un hijo está bien que los ames y los disfrutes. Pero si llama el capitán, tendrás que dejarlos e ir hacia el barco sin mirar atrás. Y si ya eres viejo, nunca te alejes de la nave; no vaya a suceder que te llamen y no estés en condiciones de presentarte. No exijas que las cosas sucedan tal como lo deseas. Procura desearlas tal como suceden y todo ocurrirá según tus deseos. La enfermedad es un impedimento del cuerpo, pero no de tu libre albedrío; a menos que decidas que lo sea. Si eres rengo, es tu pierna la que está impedida; no tu voluntad. Considera esto en relación con todo lo que ocurre y verás que esos obstáculos no son un impedimento para ti, aunque lo sean para los demás. Ante cada acontecimiento pregúntate qué habilidades tienes para dominarlo. Si ves una mujer atractiva, hallarás que el autodominio es la habilidad que tienes para dominar el deseo. Si sientes dolor, hallarás que dispones de la fortaleza. Si te injurian, encontrarás paciencia. Acostumbrándote a actuar de esta manera no serás arrastrado por la apariencia de las cosas. Nunca digas «lo he perdido» sino «lo he devuelto». ¿Ha muerto tu hijo? Lo has devuelto a quien te lo había dado. ¿Ha muerto tu mujer? La has regresado a quien te la dio. ¿Te han quitado tus propiedades? También eso has restituido. «Pero —dirás— el que me las quitó es una mala persona». ¿Y a ti qué te importa en qué manos pone lo que devuelves Aquél que te lo ha dado? Mientras te lo haya dado a ti, cuídalo, pero no lo consideres tuyo, del mismo modo en que el viajero no considera suya la posada donde se aloja.

Si quieres ser mejor, rechaza razonamientos tales como: «Si desatiendo mis asuntos, no tendré ingresos; si no corrijo a mi sirviente, saldrá malo». Es mejor morir con hambre, libre de pesadumbres y miedos, que vivir en la abundancia pero desequilibrado; y es mejor que tu sirviente sea malo a que tu seas desdichado.


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