La conducta de la vida

La conducta de la vida

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VIII

BELLEZA

Nunca hubo forma ni rostro

tan dulce para Seyd como la gracia,

que no dormita como la piedra,

sino que se cierne brillante y desaparece.

Perseguía la belleza en cualquier parte,

en la llama, en la tormenta, en las nubes del aire.

Agitaba el lago para nutrir su mirada

con el berilio de las olas rotas:

arrojaba los guijarros para oír

la instantánea música que daban.

A menudo resonaba un tono alto

desde el polo oscilante y la zona media.

Sólo él podía oír la voz

de la esfera central y de la errante.

La tierra temblaba con ritmo,

el flujo y reflujo del mar sonaba épico.

En cubiles de pasión y pozos de pena

vio en la lucha al fuerte Eros,

para alumbrar la tiniebla y romper la maldición,

e irradiar hasta los confines del universo.

Mientras dio así al amor sus días

en culto leal, desoyendo halagos,

¡cómo trataron de tentarle, en vano,

la ladrona ambición y la tuerta ganancia!


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