La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Buenas noches, querido Gaston —dijo Marguerite a mi compañero—. Me alegro mucho de verlo. ¿Por qué no ha entrado usted en mi palco del Variétés?
—TemÃa ser indiscreto.
—Los amigos —y Marguerite hizo hincapié en esa palabra, como si quisiera dar a entender a los presentes que, pese a la familiaridad con que ella lo recibÃa, Gaston no era ni habÃa sido nunca más que un amigo—, los amigos nunca son indiscretos.
—Entonces, ¿me permite usted que le presente a Armand Duval?
—Ya habÃa autorizado a Prudence para que lo hiciera.
—Además, señora —dije entonces, inclinándome y consiguiendo a duras penas emitir sonidos inteligibles—, ya tuve el honor de serle presentado.
Los ojos encantadores de Marguerite parecieron buscar en su recuerdo, pero no recordó o pareció no recordar.
—Señora —prosegu×, le agradezco mucho que haya olvidado aquella primera presentación, pues estuve muy ridÃculo y debà de parecerle muy aburrido. Fue hace dos años en la Opera Cómica; yo estaba con Ernest de…