La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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Capítulo XX

Mi padre, en bata, estaba sentado en mi salón y escribía.

Por la forma de levantar sus ojos hacia mí cuando entré comprendí enseguida que iba a tratar de cosas graves.

Sin embargo lo abordé como si no hubiera adivinado nada el su rostro y lo besé.

—¿Cuándo ha llegado usted, padre?

—Ayer por la noche.

—¿Ha venido a mi casa como de costumbre?

—Sí.

—Lamento no haber estado aquí para recibirlo.

Esperaba ver surgir tras aquellas palabras el sermón que mi prometía el rostro frío de mi padre: pero no me respondió nada cerró la carta que acababa de escribir y se la entregó a Joseph para que la echara al correo.

Cuando estuvimos solos, mi padre se levantó y, apoyándose contra la chimenea, me dijo:

—Querido Armand, tenemos que hablar de cosas serias.

—Lo escucho, padre.

—¿Me prometes ser franco?

—Es mi costumbre.

—¿Es cierto que vives con una mujer llamada Marguerite Gautier?

—Sí.


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