La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Hubiera podido contarle en pocas lÃneas los comienzos de aquella relación —me dijo Armand—, pero querÃa que viera usted perfectamente los acontecimientos y la gradación por los que llegamos, yo a consentir todo lo que Marguerite querÃa, y Marguerite a no poder vivir más que conmigo.
Fue al dÃa siguiente de la noche en que vino a buscarme cuando le envié Manon Lescaut.
Desde aquel momento, como no podÃa cambiar la vida de mi amante, cambié la mÃa. Ante todo querÃa que mi mente no tuviera tiempo de reflexionar sobre el papel que acababa de aceptar, pues sin querer habrÃa concebido una gran tristeza. Asà que mi vida, de ordinario tan tranquila, revistió de pronto una apariencia de ruido y de desorden. No vaya usted a creer que, por desinteresado que sea, el amor de una entretenida no te cuesta nada. Nada sale tan caro como los mil caprichos de flores, palcos, cenas y excursiones al campo, que nunca puede uno negar a su amante.