La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias LlevarÃamos Joseph y yo una hora poco más o menos preparándolo todo para mi marcha, cuando llamaron violentamente a la puerta.
—¿Abro? —me dijo Joseph.
—Abra —le dije, preguntándome quien podrÃa venir a mi casa a tales horas y no atreviéndome a creer que fuera Marguerite.
—Señor —me dijo Joseph al volver—, son dos señoras.
—Somos nosotras, Armand —gritó una voz que reconocà ser la de Prudence.
Salà de mi habitación.
Prudence, de pie, miraba las pocas curiosidades de mi salón; Marguerite, sentada en el canapé, reflexionaba.
Nada más entrar me dirigà hacia ella, me arrodillé, le cogà las dos manos, y muy emocionado le dije:
—¡Perdón!
Ella me besó en la frente y me dijo:
—Ya es la tercera vez que lo perdono.
—Iba a marcharme mañana.
—Mi visita no tiene por qué cambiar su decisión. No vengo para impedirle que abandone ParÃs. Vengo porque no he tenido tiempo de contestarle en todo el dÃa y no he querido que creyera que estaba enfadada con usted. Y eso que Prudence no querÃa que viniese; decÃa que tal vez lo molestarÃa.