Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta PRIMERAS IMPRESIONES
El primer mes y, en general, el comienzo de mi vida de presidiario se dibujan hoy vivamente en mi imaginación. Los años siguientes pasan por mi memoria mucho más apagados. Algunos parecen haberse borrado casi por completo, confundiéndose entre sí y dejándome sólo una impresión de conjunto: pesada, monótona, sofocante.
Pero todo lo que viví en los primeros días de presidio me parece ahora como si hubiera ocurrido ayer. Así debía ser.
Recuerdo claramente que desde mi primer paso en esa vida me sorprendió no hallar en ella nada particularmente llamativo, extraordinario o, por mejor decir, inesperado. Era como si todo eso ya lo hubiera visto antes en mi imaginación, cuando, camino de Siberia, intentaba adivinar mi porvenir. Pero pronto un cúmulo de cosas extrañas e insólitas y de los hechos más monstruosos me obligó a detenerme casi a cada paso. Sólo mucho después, tras vivir largo tiempo en el penal, comprendí plenamente todo lo excepcional, todo lo inesperado de esa existencia, y cada vez sentía mayor asombro. Confieso que ese asombro me acompañó a lo largo de toda mi estancia en el presidio; nunca pude adaptarme a él.