Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda
ON los aires de su patria se regocijaron los espíritus de Antonio, y con el visitar a Nuestra Señora de Esperanza, a todos se les alegró el alma. Ricla y sus dos hijos se alborozaron con el pensamiento de que habían de ver presto, ella a sus suegros, y ellos a sus abuelos, de quien ya se había informado Antonio que vivían, a pesar del sentimiento que la ausencia de su hijo les había causado: supo asimismo cómo su contrario había heredado el estado de su padre, y que había muerto en amistad de su padre de Antonio, a causa que, con infinitas pruebas, nacidas de la intrincada seta del duelo, se había averiguado que no fue afrenta la que Antonio le hizo, porque las palabras que en la pendencia pasaron fueron con la espada desnuda, y la luz de las armas quita la fuerza a las palabras, y las que se dicen con las espadas desnudas no afrentan, puesto que agravian; y así, el que quiere tomar venganza dellas, no se ha de entender que satisface su afrenta, sino que castiga su agravio, como se mostrará en este ejemplo. Prosupongamos que yo digo una verdad manifiesta; respóndeme un desalumbrado que miento y mentiré todas las veces que lo dijere, y, poniendo mano a la espada, sustenta aquella desmentida; yo, que soy el desmentido, no tengo necesidad de volver por la verdad que dije, la cual no puede ser desmentida en ninguna manera, pero tengo necesidad de castigar el poco respeto que se me tuvo; de modo que el desmentido, desta suerte, puede entrar en campo con otro, sin que se le ponga por objeción que está afrentado, y que no puede entrar en campo con nadie hasta que se satisfaga, porque, como tengo dicho, es grande la diferencia que hay entre agravio y afrenta.