Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda 
ARÉCEME que si no se arrimara la paciencia al gusto que tenían Arnaldo y Policarpo de mirar a Auristela, y Sinforosa de ver a Periandro, ya la hubieran perdido escuchando su larga plática, de quien juzgaron Mauricio y Ladislao que había sido algo larga y traída no muy a propósito, pues, para contar sus desgracias propias, no había para qué contar los placeres ajenos. Con todo eso, les dio gusto y quedaron con él, esperando oír el fin de su historia, por el donaire siquiera y buen estilo con que Periandro la contaba.
Halló Antonio el padre a la Cenotia, que buscaba en la cámara del rey por lo menos; y, en viéndola, puesta una desenvainada daga en las manos, con cólera española y discurso ciego arremetió a ella, diciéndola (la asió del brazo izquierdo y levantando la daga en alto, la dijo):
—Dame, ¡oh hechicera!, a mi hijo vivo y sano, y luego; si no, haz cuenta que el punto de tu muerte ha llegado. Mira si tienes su vida envuelta en algún envoltorio de agujas sin ojos o de alfileres sin cabezas; mira, ¡oh pérfida!, si la tienes escondida en algún quicio de puerta o en alguna otra parte que sólo tú la sabes.