El Primer loco
El Primer loco El que de esta suerte hablaba, dando a entender que el poético monasterio de Conjo (en cuyo claustro acababa de penetrar) no tan sólo le pertenecÃa de derecho, sino que de hecho iba a ser suyo para siempre, era un joven elegante, pálido, de rasgados ojos claros y húmedos, de mirada vaga, y cuya persona de distinguido y extraño conjunto no podÃa menos de atraer sobre sà la atención de todos, porque en realidad era imposible comprender, al verle, si una enfermedad mortal le devoraba ocultamente, o se hallaba en terrible lucha consigo mismo y con cuanto le rodeaba.
En la expresión de su rostro, entre dulce y huraño; en la correcta lÃnea de unas facciones que revelaban la energÃa perseverante propia de los hijos de nuestro paÃs; en todo su conjunto, en fin, habÃa algo que se escapaba al análisis de los más suspicaces y versados en el arte de sorprender por medio de los rasgos de la fisonomÃa los secretos del corazón y las cualidades del alma.
QuerÃanle sin embargo sus amigos, y todos, todos se sentÃan instintivamente inclinados a admirarle, como a ser incomprensible, pero superior, a quien, por más que le tuviesen por excéntrico y visionario, no tan sólo le perdonaban defectos que constituÃan parte de su extraña originalidad, sino que gustaban de oÃr su palabra fácil, elocuente y hasta semitrágica en ocasiones, pero agradable siempre.