El verano
El verano Mas tú viniste desde la casa de tu padre
a través del mar, con el corazón enajenado
de amor, después de sobrepasar las dobles
rocas del Ponto; y habitas en una tierra extranjera.
Medea
Después de caer sin tregua cinco días sobre Argel, la lluvia había acabado por mojar el propio mar. Incesantes aguaceros, viscosos de tan espesos, se abatían sobre el golfo desde lo alto de un cielo que parecía inagotable. Gris y blando como una gran esponja, el mar se hinchaba en la bahía sin contornos. Pero la superficie de las aguas parecía casi inmóvil bajo la continua lluvia. Sólo de tarde en tarde, un imperceptible y amplio movimiento levantaba por encima del mar un vapor turbio que venía a abordar el puerto, bajo un cinturón de bulevares mojados. La propia ciudad —con todas sus paredes blancas chorreando de humedad— exhalaba otro vaho que iba al encuentro del primero. Hacia cualquier parte que uno se volviera entonces, parecía que respirara agua; el aire se bebía.