El verano
El verano Parece como si los oraneses fueran igual que aquel amigo de Flaubert que, en el momento de morirse, echando una última mirada a esta tierra irreemplazable, gritó: «Cerrad la ventana, es demasiado hermoso». Han cerrado la ventana, se han emparedado, han exorcizado el paisaje. Pero Le Poittevin ha muerto y, después de él, los días han continuado sucediendo a los días. De igual modo, más allá de los muros amarillos de Oran, el mar y la tierra prosiguen su diálogo indiferente. Esa continuidad del mundo siempre ha tenido para el hombre atractivos opuestos. Lo desespera y lo exalta. El mundo no dice nunca más que una sola cosa, e interesa, y luego cansa. Pero, al final, gana a fuerza de obstinación. Tiene siempre razón.