El verano
El verano Diario de a bordo
Crecà en el mar y la pobreza fue para mà fastuosa; después perdà el mar, todos los lujos me parecieron entonces grises, la miseria intolerable. Desde entonces, espero. Espero los navÃos de vuelta, la casa de las aguas, el dÃa lÃmpido. Espero con paciencia, pongo todo mi empeño en ser educado. Se me ve pasar por bellas calles cultas, admiro los paisajes, aplaudo como todo el mundo, doy la mano, no soy yo quien habla. Se me alaba, sueño un poco, se me insulta, apenas me extraño. Después, olvido y sonrÃo a quien me ultraja, o saludo con excesiva cortesÃa a quien amo. ¿Qué hacer si no tengo memoria más que para una sola imagen? Se me abruma para que diga quién soy. «TodavÃa nada, todavÃa nada…».
En los entierros me supero a mà mismo. Verdaderamente estoy fabuloso. Camino con paso lento por los suburbios florecidos de chatarra, tomo amplias avenidas plantadas con árboles de cemento y que conducen a agujeros de tierra frÃa. AllÃ, bajo el vendaje apenas enrojecido del cielo, contemplo a audaces compañeros que inhuman a mis amigos a tres metros de profundidad. Si arrojo la flor que me tiende entonces una mano arcillosa, nunca yerra la fosa. Tengo la piedad precisa, la emoción exacta, la nuca convenientemente inclinada. Se admira que mis palabras sean precisas. Pero no tengo mérito: espero.