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Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador MI curiosidad por Aviraneta partió, como en todos los asuntos de que me he ocupado, más que de una lectura previa, de las relaciones familiares e individuales.
Mi padre y mi madre conocieron a Aviraneta en su juventud. Mi padre, de pasada, con poca intimidad. Mi padre creía que Aviraneta publicó unas Memorias de su vida. Mi madre lo recordaba más; le había visto muchas veces en casa de su abuelo, don Antonio María de Goñi. Aviraneta era tío segundo de mi madre.
Mi madre refiere bastantes anécdotas de la vida del conspirador: cómo fue una vez a su casa de San Sebastián sin peluca (el viento se la había llevado); cómo se burlaba de la gente donostiarra; cómo le gustaba chismografiar y contar sucesos de su vida aventurera.
Mi tía Cesárea de Goñi todavía podía haberle recordado mejor, porque tenía unos treinta años, menos que el conspirador; pero, sin duda, no le interesaba mucho y no se ocupó gran cosa de él; únicamente recordaba que en sus charlas decía que había sido varias veces condenado a muerte, que tenía dos perros llamados Píramo y Tisbe, y que su mujer, Josefina, era un poco coquetona, le gustaba adornarse, emperejilarse y llevaba anillos sobre los guantes.
La condesa de Lersundi, de San Sebastián, recuerda a Aviraneta con simpatía y con muchos detalles.