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Eugenia Grandet
Eugenia Grandet Hay en ciertas ciudades de provincias casas cuya vista inspira una melancolĂa igual a la que provocan los claustros más sombrĂos, las landas más mortecinas o las ruinas más tristes[2]. Quizá haya a un tiempo en estas casas el silencio del claustro, la aridez de las landas y la osamenta de las ruinas: la vida y el movimiento son en ellas tan tranquilos que un forastero las creerĂa deshabitadas si de improviso no encontrase la mirada pálida y frĂa de una persona inmĂłvil cuyo rostro cuasi monástico asoma en el alfĂ©izar de la ventana al ruido de un paso desconocido. Esos gĂ©rmenes de melancolĂa existen en la fisonomĂa de una casa de Saumur, al final de la empinada calle que lleva al castillo por la parte alta de la ciudad. Esta calle, ahora poco frecuentada, calurosa en verano, frĂa en invierno, oscura en algunos puntos, es notable por la sonoridad de su pavimento de piedrecillas, siempre limpio y seco, por la angostura de su tortuosa vĂa, por la paz de sus casas, que pertenecen a la ciudad vieja y que dominan las murallas. Hay allĂ moradas tres veces seculares y todavĂa sĂłlidas, aunque construidas en madera, y sus diversos aspectos contribuyen a la originalidad que recomienda esta parte de Saumur a la atenciĂłn de los aficionados a lo antiguo y de los artistas. Resulta difĂcil pasar por delante de estas casas sin admirar los enormes aguilones de extremos tallados con extrañas figuras y que coronan con un bajorrelieve negro la planta baja de la mayorĂa. AquĂ, unas piezas de madera transversales están cubiertas de pizarras y dibujan lĂneas azules sobre las endebles murallas de una vivienda rematada por un tejado de madera que los años han hecho combarse, y cuyas tablillas podridas han sido alabeadas por la acciĂłn alternativa de la lluvia y del sol. Allá aparecen alfĂ©izares de ventanas gastados, ennegrecidos, cuyas delicadas esculturas apenas se ven, que aparecen demasiado ligeros para la maceta de arcilla oscura de donde brotan los claveles o los rosales de una pobre obrera. Más allá, puertas guarnecidas de enormes clavos donde el carácter de nuestros antepasados trazĂł jeroglĂficos domĂ©sticos cuyo sentido no se encontrará jamás. Unas veces un protestante firmĂł en ellos su fe, otras un partidario de la Liga maldijo a Enrique IV[3]. AlgĂşn burguĂ©s grabĂł ahĂ las insignias de su nobleza de campanas[4], la gloria de su regidurĂa olvidada. Toda la historia de Francia está ahĂ, completa. Al lado de la vacilante casa, hecha con tabiques de madera rellenos de cascotes donde el artesano deificĂł su garlopa, se alza el palacete de un gentilhombre en el que sobre la cimbra plena de la puerta de piedra aĂşn se ven algunos vestigios de sus armas, rotas por las diversas revoluciones que desde 1789 han agitado el paĂs. En esa calle, las plantas bajas de los comerciantes no son ni tiendas ni almacenes: los amigos de la Edad Media no encontrarĂan en ellas el obrador de nuestros padres en toda su ingenua sencillez. Esas salas bajas que no tienen ni escaparate, ni vitrina, ni cristalera, son profundas, oscuras, y carecen de adornos exteriores o interiores. Su puerta se divide en dos hojas macizas, toscamente herradas: la parte superior se repliega hacia dentro, y la inferior, armada de una campanilla de resorte, va y viene constantemente. El aire y la luz llegan a esa especie de hĂşmedo antro por la parte alta de la puerta o por el espacio existente entre la bĂłveda, el techo y el pequeño muro a la altura del alfĂ©izar en el que se empotran sĂłlidos tablones, que se retiran por la mañana y vuelven a ponerse y se mantienen por la noche con bandas de hierro sujetas con pernios. Ese muro sirve para exponer las mercancĂas del comerciante. AquĂ la charlatanerĂa no tiene curso. SegĂşn la naturaleza del comercio, las muestras consisten en dos o tres cubetas llenas de sal y de bacalao, unos cuantos fardos de lona, cordajes, latĂłn colgado de las vigas del techo, aros para toneles a lo largo de las paredes o algunas piezas de paño en los estantes. ÂżEntráis? Una muchacha limpia, rozagante de juventud, de blanca toquilla y brazos colorados, deja su labor de punto, llama a su padre o a su madre, que acude y os vende de manera flemática, complaciente o arrogante, segĂşn su carácter, lo mismo mercancĂa por valor de dos sous que por veinte mil francos. VerĂ©is a un comerciante de duelas sentado a su puerta dando vueltas a sus pulgares mientras charla con un vecino; en apariencia no posee más que unas malas tablas para botellas y dos o tres paquetes de listones; pero, en el puerto, su taller, lleno, abastece a todos los toneleros del Anjou; sabe, tabla más o menos, para cuántos toneles tendrá si la cosecha es buena; un golpe de sol lo enriquece, un tiempo de lluvia lo arruina: en una sola mañana los toneles[5] pueden valer once francos o caer hasta seis libras. En esta regiĂłn, como en Turena, las vicisitudes de la atmĂłsfera dominan la vida comercial. Vinateros, propietarios, comerciantes de madera, toneleros, posaderos, marineros, todos están al acecho de un rayo de sol; al acostarse tiemblan por temor a enterarse a la mañana siguiente de que ha helado durante la noche; temen la lluvia, el viento, la sequĂa, y quieren agua, calor y nubes a su gusto. Hay un duelo constante entre el cielo y los intereses terrenales. El barĂłmetro entristece, desenoja y alegra alternativamente sus fisonomĂas. De un extremo a otro de esa calle, la antigua Calle Mayor de Saumur, estas palabras: «¡Vaya un tiempo de oro!», calculan de puerta en puerta. Y cada uno responde al vecino: «¡Llueven luises de oro!», sabiendo lo que un rayo de sol o una oportuna lluvia les supone. El sábado, hacia mediodĂa, durante la buena estaciĂłn, no podrĂais adquirir ni un cĂ©ntimo de mercancĂa en las tiendas de estos honrados industriales[6]. Cada uno tiene su viña, su hacienda, y se va a pasar dos dĂas al campo. Como allĂ todo está previsto, la compra, la venta y la ganancia, los comerciantes pueden emplear diez horas de las doce de que disponen en alegres partidas, observaciones, comentarios y continuos espionajes. Un ama de casa no compra una perdiz sin que los vecinos le pregunten al marido si estaba bien guisada. Una muchacha no se asoma a la ventana sin ser vista por todos los grupos de desocupados. AllĂ, pues, las conciencias están expuestas a la luz del dĂa, igual que esas casas impenetrables, negras y silenciosas carecen de misterios. La vida se hace casi siempre al aire libre; cada familia se sienta a la puerta de su casa, allĂ come, allĂ cena, allĂ discute. No pasa nadie por la calle que no sea estudiado. Por eso, en el pasado, cuando un forastero llegaba a una ciudad de provincias se burlaban de Ă©l de puerta en puerta. De ahĂ las anĂ©cdotas regocijantes, de ahĂ el apodo de copiones dado a los habitantes de Angers, que se distinguĂan en esas burlas urbanas. Los antiguos palacetes de la ciudad vieja están situados en lo alto de esa calle, antiguamente habitada por los gentilhombres de la regiĂłn. La casa llena de melancolĂa donde tuvieron lugar los acontecimientos de esta historia era precisamente una de esas moradas, restos venerables de un siglo en que las cosas y los hombres tienen ese carácter de sencillez que las costumbres francesas pierden de dĂa en dĂa. DespuĂ©s de haber seguido las revueltas de ese pintoresco camino cuyos menores accidentes despiertan recuerdos, y cuyo efecto general tiende a sumirnos en una especie de ensoñaciĂłn maquinal, divisarĂ©is una hondonada bastante sombrĂa en cuyo centro se oculta la puerta de la casa del señor Grandet. Es imposible comprender el valor de esa expresiĂłn provinciana sin dar la biografĂa del señor Grandet.