Persuasion & Sanditon
Persuasion & Sanditon La verdad era que su belleza y su rango tenían derecho a la estima que les profesaba, ya que a ambas cosas debía el haber tenido una esposa de condición muy superior a la que hubiera merecido como hombre. Lady Elliot había sido una mujer excelente, sensible y amable, cuyo juicio y conducta, si se perdonaba el entontecimiento juvenil que le causara el convertirse en lady Elliot, jamás necesitaron indulgencia después. Había consentido, atenuado u ocultado las debilidades de su marido, y había fomentado su respetabilidad durante diecisiete años; y aunque no fue el ser más feliz de la tierra, había encontrado motivo suficiente en sus obligaciones, sus amistades y sus hijas para amar la vida, y hacer que no le fuera indiferente cuando le tocó dejarlas: tres niñas, las dos mayores de dieciséis y catorce años, eran una enorme responsabilidad para legarlas una madre; una carga tremenda para confiarla a la autoridad y dirección de un padre engreído y estúpido. No obstante, tenía una amiga íntima, mujer digna y sensata cuyo cariño la había inclinado a vivir cerca de ella, en el pueblo de Kellynch; y lady Elliot había confiado en su bondad y su consejo para ayudar a conservar mejor los buenos principios y enseñanzas que había estado inculcando con ansia en sus tres hijas.