Anillos para una dama
Anillos para una dama —¿Tan grande es tu lealtad a un muerto, que prefieres negar la vida?
Minaya no responde. Baja la mirada. No puede darle lo que ella necesita, porque él mismo sigue encadenado al mito. En ese momento, Jimena empieza a entender que su lucha no es por un hombre, sino por sà misma.
Valencia está cercada, pero lo que de verdad se derrumba son los últimos muros de obediencia dentro de su alma. La guerra fuera es solo un reflejo de la que arde dentro. El tiempo se acorta. Las decisiones ya no pueden postergarse.
Y en la ciudad sitiada, bajo las estrellas, una certeza se impone: el mayor enemigo de Jimena no empuña una espada. Habla con la voz del deber, del honor... y del pasado.
En la cámara en penumbra del alcázar, Jimena espera. El rey Alfonso la ha mandado encerrar para que recapacite, para que olvide. Pero no sabe que con cada hora de encierro, su voluntad se afila. No hay barrotes que frenen a una mujer que ha visto el abismo y ha decidido no temerle.
El obispo Jerónimo entra con la excusa de la fe, pero su verdadera arma es la tradición. Habla de Dios, de patria, de deber. Pero Jimena ya no tiembla. Ha comprendido que esas palabras, tan solemnes, han sido usadas para negarle todo lo que es humano.