Anillos para una dama
Anillos para una dama Y asÃ, sin ceremonia ni testigos, entierra su amor. No en la tierra, sino en su alma. Decide vivir como se espera que viva: como sÃmbolo, como viuda, como memoria.
Pero lo que nadie sabe es que dentro de esa máscara habrá fuego. Uno que no quemará hacia fuera, pero que arderá sin cesar hasta el final. Porque el sacrificio de Jimena no es sumisión: es una declaración silenciosa de todo lo que le fue robado. Y de todo lo que, aun asÃ, sobrevivirá en ella.
El castillo está vacÃo. No hay soldados. No hay reyes. No hay amores. Solo el eco de pasos que Jimena ya no espera oÃr. En ese silencio, el más cruel, ella se descubre completa en su soledad. No por elección, sino por extinción.
Ha perdido a Minaya, pero más aún: ha perdido la posibilidad de creer en un futuro. El amor ha muerto. No lo mató el desamor, sino el miedo, el peso de un pasado que nadie se atreve a profanar. Ni siquiera él, que pudo romper la rueda y eligió seguir girando dentro de ella.
Jimena se dirige al obispo, al rey, a su hija… pero ya no pide. Declara. Habla con la voz de quien ha atravesado el fuego y ha salido sin llamas, pero marcada.
—Nadie más decidirá por mÃ. Ni por lo que siento. Ni por lo que callo.